Valentina



Una vez más esos ojos, el corazón me palpitaba a mil por hora, había vuelto a pasar, esa maldita mirada azul, cielo que hacía perder la noción del tiempo. Cuántas veces habría ocurrido en las últimas tres semanas? Esa sensación al despertar, ya no sabía si me producía bienestar o incomodidad, ese desconocido que no dejaba de meterse en mis noches, sueño tras sueño. Ocurría,
caminaba por medio de Hyde Park en Londres, donde veraneamos a menudo de pequeña en casa de la tia Marge; yo iba a paso ligero el sueño,
cuando entonces me cruzaba con él, nuestras miradas se detenían al instante como si se reconocieran, como si supieran de la existencia del uno y del otro ya de ante mano, entonces despertaba. Algunas veces ocurría en la cafetería de la esquina bellamar en el barrio donde residen mis padres; voy a comerme algún croissant para desayunar los Domingos por la mañana antes de dirigirme a la pequeña y familiar Tetería que montaron hace ya más de veinticinco​ años mis abuelos maternos, y que desde hace casi seis lleva al mando mi madre. La abuela es Londinense, así que desde chiquitita siendo residente en la ciudad de Cambridge tenían costumbre de la hora del té como buenos Londinenses. Un día la abuela conoció a un español que viajaba por asuntos personales a la ciudad de Londres (nunca me contó que asuntos eran..., la verdad​) mientras ella habia ido a por unas telas nuevas para hacer un par de vestidos a la capital, "Uno para mí y otro para la tía Marge me decía cada vez que me contaba la historia cuando antes de dormir se lo pedia insistentemente porfavor; desde ese día que se conocieron el amor surgió (algún día os contaré detalladamente la historia del abuelo y la abuela, al detalle, lo prometo). Al final la abuela viajó a España con el abuelo y aquí se quedaron, a ella le encantaba y le sigue encantando hacer pasteles caseros, de manzana, zanahoria, dulce de leche..., montones de dulces le chiflan y están riquísimos para que engañarnos y como no sus tés, sus queridos tés de infarto, tan ricos que acompañan a la perfección a esos pasteles caseros que ha enseñado hacer a mamá tan bien como ella misma los hace, así que un día llego a casa el abuelo y le propuso montar el negocio y ella accedió sin pensarlo y montó la Tetería más bonita del mundo o almenos eso me parece a mi desde que tengo uso de razón.

Desde chiquitita que habia sido una niña de buena vida, no hacia disgustos a casi nada incluso me comía las verduras y el pescado bien "está niña tiene un gran paladar y buen estomago" decía el abuelo; y por ello no puedo evitar aunque la abuela y mama hagan las mejores tartas del mundo a entrar en la cafetería de la esquina algunas veces y sentarme para pedír lo de siempre, un buen croissant y un capuchino mi perdición y entonces ahí están..., esos ojos que vuelven a cruzarse con los mios [...]


Lachicadelboligrafo.


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